El mundo ofrece todos los días a mediodía el más grande de sus espectáculos; una asombrosa demostración de sus máquinas y sistemas automáticos. Millones de procesos se llevan a cabo en el momento en el que cada espectador, previo pago de su entrada, entra a ese enorme teatro lleno de cables y electricidad, modelos de última generación, por primera vez presentados y todos listos para facilitar el trabajo de los humanos, o bien para reemplazarlos y así correrlos de sus funciones.
La figura de Doris es casi símbolo de otros tiempos, una especie de espejismo entre tanta tecnología, un fantasma tímido y tan mecánico como las máquinas que invita a conocer. Es una de las pocas personas que trabaja para este espectáculo. Su papel es la de vender las entradas a los curiosos que se osen de entrar a esa sala envuelta de modernos artefactos. Ha sido nombrada empleada del mes, del año y de la década, ya que su constancia ha hecho de ella una pieza más de esta gran maquinaria encargada de presentar el futuro a sus visitantes. Su labor es siempre la misma, y su salario solo ha variado de acuerdo a los reajustes.
Hoy es un día especial; luego de años de sacrificios por este monótono trabajo, el dueño de esta maquinaria ofrece espectáculos, le dará un gran bono equivalente a lo que ella ganaría en diez años, todo por su constancia de hacer día a día, instante a instante, la misma y estúpida acción de vender entradas. Guarden silencio, que ella no lo sabe, y lo que es peor, su jefe no sabe que ni esa enorme cifra de dinero calmará la frustración de Doris por tirar los mejores años de su vida al tacho de la basura.